La creciente ola de conciertos y fiestas que ha vivido nuestro país -especialmente en el último par de meses- había dejado la vara bien alta para el quinteto inglés Hot Chip. Eso no fue impedimento para que la del miércoles fuese una noche imborrable para los cerca de cuatro mil espectadores que abarrotaron el teatro Caupolicán. Acá te contamos cómo lo vivimos.

No es necesario repetir las expectativas que giraban en torno al debut de Hot Chip en Chile. Eso ya se notaba pocos minutos pasadas las 21 horas, cuando Gepe apareció sobre el escenario para abrir los fuegos frente a una cancha que ya estaba casi llena. El invitado chileno presentó -tal como había prometido- una actuación algo modificada de sus canciones, cargada al pop electrónico que marcaba la noche. Acompañado de músicos locales como Pedro Subercaseaux y Álex Anwandter, esta fórmula dio resultados, demostrando de paso que el sanmiguelino ya pertenece al pequeño puñado de artistas locales independientes que puede pararse en un evento de magnitud y mantener la atención del respetable, sin parecer un relleno innecesario.

Después fue el turno del espigado cantante inglés James Yuill, un músico desconocido para gran porcentaje de los asistentes, y que sin la ayuda de nadie pudo manejar su completo setup y ganarse el respeto de quienes se impacientaban por ver el plato fuerte de la noche. Lo de Yuill estuvo muy acorde a la tónica del evento, con un pop electrónico que debe bastante a the Postal Service, a lo más movido del sello Morr y a los mismos Hot Chip, convenciendo pese a que su presentación se escuchó un poco saturada. A ponerle ojo.

Cerca de las 23 llegó lo que todos esperábamos. De manera austera, como estarían toda la noche, aparecieron sobre el escenario del Caupolicán los cinco integrantes titulares de Hot Chip. Cinco y no seis -como se presentan regularmente en vivo- debido a una tragedia personal del baterista que los acompaña, quien tuvo que viajar de emergencia desde Brasil. Este imponderable tenía el ánimo de la banda bastante mermado, por lo que el rugido y la energía del público (al que después calificaron como uno de los mejores que han tenido en años) les entregó la energía para despacharse el concierto más largo de su gira sudamericana, con 14 canciones.

Una versión in crescendo de “Boy from School” fue la elegida para partir, desatando una euforia que se terminó de manifestar con furia en la cancha después del combo “One Life Stand” + “Over and Over”, mientras sobre el escenario, los ingleses se inmutaban poco. Es en este punto, justamente, donde quiero detenerme. Porque Hot Chip no necesita ninguno de los clichés de la música en vivo para calentar los ánimos del público. Lo suyo está en la ejecución perfecta y en la calidad de las canciones. Parece poco, pero eso es lo que separa a una banda de verdad de tantas otras.

La gracia de ver a Hot Chip en directo no va por ver a su vocalista tirarse al público, ni pedir aplausos o pasar el micrófono a la audiencia. Como buenos discípulos aventajados de New Order, aquí estamos ante gente común y corriente, seguramente ni siquiera asiduos a las fiestas, pero que cuando se proponen dirigir una lo hacen a la perfección. El miércoles asistimos a la reivindicación de aquéllos que entienden el concepto de una buena fiesta mucho mejor que sus asistentes, gracias a la inteligencia y la observación.

Es que la música de Hot Chip, si bien es pegote y te hace bailar, no es tan fácil de digerir. Los ingleses juegan al pop complejo, que experimenta, que se ensucia a ratos y que -tal como la gran mayoría de sus amigos y socios de DFA- tiene más actitud rockera que muchos rockeros, pese a tener un vocalista bajito, de anteojos, que sale con shorts rosados y que no se muestra en ningún momento como frontman. Un crimen para los más convencionales, claro está.

Eso explica en parte que el concierto se haya pasado con una rapidez sorprendente, siendo hilado -cómo no- en su mayoría por canciones del genial One Life Stand, junto a los momentos más conocidos de su carrera. Sin embargo, y en algo que no se ve muchas veces, los mejores momentos pasaron por  los no hits, como las enormes “Hold On”, “Shake a Fist” o “Take It In”, que sonaron mucho más potentes que, digamos, la citada “Boy from School”, “I Feel Better” o el cierre con “Ready for the Floor”, a pesar de la explosión de confeti en esta última.

Esta vez sí que la vara quedó alta.

Como regalo final y bonus, aquí les dejamos un acierto de nuestro amigo Michel Zalaquett. Éste fue el baile de los que no bailan. O, al menos, de los que aparentan no hacerlo.

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Foto por Fufi