Creamfields Buenos Aires es un festival. Sí, un festival con todas sus letras y una serie de hechos lo avalan como tal.

El Autódromo de Buenos Aires (donde antiguamente se corría la Fórmula 1) es un parque inmenso de largos pastos y árboles que lo rodean. La gente puede sentarse a descansar, a tomarse una cerveza o simplemente bailar cerca o alejados de la gente. Hay espacio para hacer lo que cada uno quiera. No es el estacionamiento de un mall.

Siete escenarios y más de ochenta artistas fueron convocados para esta edición. Se manejan una serie de estilos musicales que te dan la opción de elegir. Si tu fiesta significa buscar el beat más denso de la noche puedes ir a la carpa de Modeselektor, Apparat y Gui Boratto. Si tu onda es más electroindie vas al escenario de Crystal Castles, Boys Noize y New Young Pony Club. Si eres argentino te quedas tranquilo en la carpa de Cattaneo y del chino Tomiie. No había un solo escenario con seis músicos y seis estilos diferentes.

Este año asistieron 50.000 personas, unas 20.000 menos que el año pasado. Pero no es una cuestión de números la que nos preocupa. Si bien nos encontramos con una serie de monos sin polera, otros totalmente en pelotas bailando solos, un par de desmayados y varios vomitando, era gente que sabía pasarlo bien en una fiesta. Te dejaban bailar tranquilo, podías cambiarte de escenario en medio de un concierto, llegar a la primera fila en segundos y con todo el espacio necesario incluso para hacer unos pasos de tecktonik. No concurrieron solamente un par de centenares de personas que no saben lo que están viendo ni lo que significa estar en una fiesta.

Además hay que decir que el festival comenzaba a las tres de la tarde y terminaba a las seis de la mañana. No se obligó a nadie a llegar a cierta hora ni menos a retirarse a horas prudentes (salvo a aquellos sin ropa que deambulaban a las nueve de la mañana del día siguiente).

Y ahora hablemos de la calidad de los músicos que asistieron este año a Buenos Aires.

Dejemos de lado el fiasco de Gorillaz (que disjoquearon estilos tan distintos como Ozzy, Justice, Drum & Bass, Santogold y algo de Axe), a los buenos de Simian Mobile Disco (con su show musical y visual imperdible) y el concierto de UNKLE (la cuota de guitarras y distorsiones que necesitaba el festival). Hablemos de lo importante.

Lo de Crystal Castles no tiene palabras, sólo se puede experimentar en carne propia un momento con aquella intensidad. Fue uno de los instantes de mayor fanatismo entre el público de aquella noche. La gente los esperaba ansiosos, nosotros no sólo estábamos en primera fila sino que parados encima de la reja gritando sus nombres. Se demoran en salir hasta que aparecen en el escenario: Ethan Kath se para detrás de los sintetizadores y Alice Grass entra gateando con una botella de vodka y otra de whisky en sus manos. Se toma unos tragos, se para sobre los parlantes y comienza a cantar. El sonido de la voz es débil y ellos se dan cuenta, termina la primera canción y se bajan del escenario (con botella de whisky y vodka en mano). Entonces tuvimos que esperar que les arreglaran el sonido, nadie sabía lo que pasaba, había rumores de todo tipo. De pronto aparece Alice Glass bajo el escenario, abraza a su público y les regala su botella de vodka. Comienza la segunda canción, todos felices, ella gritando y saltando sobre las tornamesas del próximo dj. Los guardias le pidieron calma, ella se lanza al público a cantar junto a sus fans. Los guardias vuelven a la carga, comienzan a tirarle el cable del micrófono hacia atrás para que vuelva al escenario, ella se enoja, llega un guardia y la empuja. Y ahí todo se fue a la mierda. Alice Glass reacciona y golpea al guardia, él la empuja nuevamente, Ethan Kath se baja a defenderla, el guardia se tira encima de él y llegan otros seis o siete a golpearlo. Alice Glass se cuelga del cuello del guardia intentando ahorcarlo, llegan los técnicos, los managers, los dueños, todo frente a nuestras narices, nuestras manos en la cabeza, nuestras bocas abiertas, nuestros corazones vibrando. Salen todos corriendo en dirección al backstage, el público se queda sin habla y ellos no volverían más.

Una canción y media fue todo lo que escuchamos de Crystal Castles pero fue más que suficiente. No los odiamos por ello. Les agradecemos que sean como son, que nos hayan hecho vivir un momento tan estúpido e incoherente como ese, un momento que nos emocionó y nos choqueó, un momento de rock puro.

Lo mejor de la noche fue Boys Noize. Ya se sabía que este productor y dj alemán es una de las joyas del electro mundial. Con su propio sello Boysnoize Records hace poco que sacaron el BNR Vol. 1, una recopilación de temas donde ellos mismos son los que marcan la línea musical. Y esa línea es de una potencia electro más dura imposible. Con un show preciso, un sonido propio y un talento para subir y subir en la pista de baile, Boys Noize será próximamente destacado como uno de los fenómenos más influyentes de la música actual.

El resto de los músicos que vimos fue de una calidad abrumante.

Apparat tuvo unas visuales electrizantes y perturbadoras. Sus sonidos oscuros y perfectos de ritmos casi industriales y a la vez bailables, muy elaborados y elegantes.

Modeselektor estuvo a la altura de su historia y nos hizo pasar una noche de electro con unos esperados tildes de hip hop.

La noche terminó con el set perfecto de Gui Boratto con su minimal tranquilizador y que nos calmó un poco los ánimos. Su trabajo de Live es impecable y su gama de sonidos de una fineza que no se puede comparar.

En fin, lo que en definitiva nos hizo sentir Creamfields Buenos Aires es que todo fue preciso. Como en un verdadero festival.

Foto por http://www.flickr.com/photos/achux