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Despampanante. Gloriosa. Sorprendente. Majestuosa.
Éstos y más adjetivos del mismo calibre, se le pueden aplicar There will be blood, la última película del aclamado director Paul Thomas Anderson. La historia, que trata de la vida del maquiavélico y ambicioso magnate del petróleo, Daniel Plainview (interpretado magistralmente por Daniel Day Lewis, que se hizo acreedor del Oscar al mejor actor protagónico por este papel), está basada en la novela titulada Oil! del escritor Upton Sinclair. Si no la ha visto aún, corra a la sala. Seguramente la sacarán pronto de cartelera.
Los mismos adjetivos le vienen como anillo al dedo a la banda sonora de la película, compuesta nada menos que por el guitarrista de Radiohead Jonny Greenwood, e interpretada por la BBC Orchestra y la London Sinfonietta.

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Para Anderson, la música de sus películas siempre ha sido un tema fundamental, lo cual ha quedado demostrado en sus anteriores largometrajes, entre ellos Boogie Nights (varios artistas, entre ellos The Beach Boys, Marvin Gaye y Electric Light Orchestra), Magnolia (la mayoría de los temas compuestos e interpretados por Aimee Mann, y Punch Drunk Love (composiciones de Jon Brion, conocido por ser tambén el creador del soundrack de Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry). En todas ellas, la música ha tenido un papel protagónico, desplazándose desde ser un mero complemento extra de la acción, a inmiscuirse en la vida misma de los personajes, pasando a ser un tema incorporado en la historia.
La arriesgada elección de Greenwood por parte de Anderson, se paga con creces. El guitarrista de Radiohead nos entrega una composición en la que reinan las cuerdas en todas sus modalidades: violines, arpas, violonchelos y guitarras, se conjugan para dar vida a unas melodías orquestadas que ponen los pelos de punta a cualquiera, solo escuchándolas en su individualidad. Pero cuando éstas se ponen al servicio de la visualidad y narración de There will be blood, el resultado es, a mi juicio, el de una obra maestra. De esas que nos dejan pegados al asiento del cine, de esas que quedan en nuestra cabeza por mucho tiempo después que salimos de la sala.
Varias veces sucede con la música en el cine, que los directores, después de hacer su película, le introducen la música como un pastiche que insertan sin pensar mucho en cómo se relacionará con ella en sus diversos aspectos (fotografía, montaje, personajes, historia). Y nos queda la sensación de que la música que escogieron fue por cualquier razón menos por su compenetración con la cinematografía, como por ejemplo porque eran bandas taquilleras en su minuto. Es el amargo sabor que me quedó a mí con películas como (estoy consciente de que con esto me echaré a mucha gente encima) Garden State o Se arrienda.
Son pocas las veces en que la película logra tal unión con la música, que parece que ésta se hubiera creado al mismo tiempo que se escribía el guión, que no podría existir la una sin la otra, que carecen por completo de individualidad e independencia. Éste es el caso del soundtrack de There will be blood: los ciclos de tensión, angustia, y respiro orquestal fluyen armónicamente con los de la historia.
Una recomendación: no esperen que salga en DVD. Ésta es una de esas películas que deben de disfrutarse en el cine, tanto por la potencia de su cinematografía, como de los acordes de Greenwood.